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Capitulos de prueba

Sumergete en el primer capítulo de mi novela de fantasía y comienza tu aventura, ahora con la playlist oficial acompañando el texto.

Durante la noche más oscura que este mundo ha visto, donde las estrellas y la luna temen hacer acto de presencia, un solo rayo la transforma en el más brillante de los días.

Todos dejan de hacer lo que están haciendo; los que están corriendo voltean a presenciar lo que está emergiendo del impacto. Los que están luchando dejan a un lado sus diferencias ante la aparición malévola de dos ojos amarillos que están sobre las nubes, observándolos como Dios vio a su hijo ser arrojado al infierno.

El dueño de los ojos no es visible, pero su voz deja claro que es algo diabólico. Su tono grave retumba hasta el horizonte, vibrando en los huesos de quienes la escuchan. No hay distorsión ni eco que la atenúe; cada sílaba llega con una claridad absoluta, imposible de malinterpretar.

—Bienvenidos todos sean, —los ojos se mueven, contrastando la alegría de las palabras con una mirada de rabia y rencor. —Hoy, todos ustedes tendrán el honor de ser los primeros en participar en mi festival. No lo he hecho en siglos, sobre todo porque les dejó de gustar, pero ahora que sus pensamientos y opiniones no tienen ningún peso para nosotros, es mejor que vuelva a ello.

Frente a los ojos, justo debajo de las nubes, electricidad empieza a manifestarse, desatando relámpagos de múltiples colores que destellan y se entrelazan. Al final, toda la energía y color se asientan en un blanco puro, con cada destello bañando con su suave resplandor las manos carmesíes de la voz.

Los dedos se cierran sobre la electricidad, moldeándola y convirtiéndola en enormes baquetas que brillan con patrones dorados de nubes.

—Le dedico este festival a la única que disfrutó de mi música con el corazón, —dice la voz mientras golpea las baquetas, generando una poderosa chispa que ciega y ensordece a todos por un par de segundos.

Mujeres, hombres, niños y ancianos son afectados por igual, pero ninguno sufriendo un daño grave. A medida que sus sentidos regresan, ven un flujo constante de electricidad que conecta las dos baquetas, que ahora están mucho más bajos. La luz revela un conjunto de cuatro tambores blancos, del tamaño de montañas, que están debajo de ellas.

—¡Vamos a tostarnos! —La voz grita mientras las baquetas golpean implacablemente contra los tambores, cada golpe genera un ritmo divino y relámpagos titánicos. El ritmo surge en el aire y con cada latido, más relámpagos rasgan el cielo, devastando e iluminando todo más allá del horizonte. El vacío de la noche es consumido por la música atronadora y la luz cegadora de la tormenta, convirtiendo el festival en el último día que el público presenciará. El dueño de la voz baila mientras mantiene el ritmo en medio del caos con lágrimas; un combustible amargo para los recuerdos perdidos.

La noche abandona su falso día, volviendo a su vacío después de ocho minutos incesantes de música. —Fue divertido, ¿verdad? Espero que todos ustedes puedan contarles a aquellos que ya no están entre nosotros, estoy seguro de que se arrepentirán de haber tenido una muerte aburrida, a diferencia de todos ustedes que disfrutaron de mi música hasta sus últimos momentos.

La voz le habla a la noche vacía. Lo que una vez fue un espacio abarrotado, lleno de gente, algunos aterrorizados, otros corriendo por sus vidas, y aún más tratando de salvar a aquellos que no pudieron salvarse a sí mismos, se ha convertido en algo como esta noche: nada.

—Bueno, mejor seguimos, no puedo hacer nada a los que no están escuchando mi… —La voz se detiene, notando los gritos de una niña pequeña. —Bueno, como le gusta decir a mi hermana, sin testigos.

La voz extiende su brazo, con la palma de la mano flotando justo por encima de los gritos de la niña, y de él un rayo cae en el suelo durante unos segundos, intensificándose a medida que revela la figura de su creador. Con cuatro grandes cuernos, que emergen de su frente y detrás de sus orejas, se extienden hacia arriba y hacia los lados. Sus colmillos se curvan desde su boca hacia los lados, mientras que su cuerpo carmesí parece haber sido elaborado por sus propias manos, mostrando músculos y partes de su piel moldeadas en púas.

Incluso después de que los relámpagos se desvanecen, los gritos continúan. Frustrado, la figura carmesí se convierte en electricidad, pasando de su imponente forma por encima de las nubes a la de un árbol. Sus pasos son tan silenciosos como la noche que creó, mientras se acerca al sonido solitario que esta contiene.

Con lágrimas en los ojos, la niña nota que los ojos amarillos se acercan, y con el mayor dolor que alguien puede sufrir, grita: —¿¡Dónde está mi mami!?

Los ojos se detienen, escuchando sus palabras.

—¡Ella me estaba abrazando hace un momento! Me dijo que cerrara los ojos y que todo iba a estar bien. Me dijo que me ama y que quería ver las flores florecer conmigo mañana. ¡Pero ella se ha ido! —La niña llora mientras se acerca a los ojos. —¿Has visto a mi mami? Está oscuro y no puedo encontrarla. La llamo por su nombre, pero no me oye. —La niña pisotea la pierna de la figura carmesí, abrazándola porque se siente cálida. —Ella dijo que me amaba, pero ¿por qué se fue? No quiero echarla de menos. —Ella mira hacia arriba, encontrando sus ojos llorosos con los ojos amarillos. —¿La has visto?

El dueño de los ojos amarillos inclina su cuerpo y acaricia suavemente el cabello de la niña. —Yo también perdí a mi mamá; Nunca la encontraré. Pero tú lo harás, sé que lo harás. Ten, déjame ayudarte a encontrarla. —Con delicadeza, la mano escarlata abraza la cabeza de la niña.

Un sonido rompe el silencio de la noche, un crujido repugnante. No se manifiesta ningún rayo, solo un cuerpo caído.

Prologo

En las profundidades de un bosque de árboles que tocan las nubes, donde no hay pájaros para cantar, solo la melodía silenciosa de los árboles para llenar el aire. Dispersas por todo el bosque se encuentran numerosas estatuas de piedra de criaturas vastas, que van desde un delicado pez koi hasta un águila majestuosa. Aunque cada estatua tiene una forma única, todas comparten el mismo tamaño imponente de un poderoso gorila. A pesar de su composición pétrea, expresan tranquilidad, congelada en el tiempo en su momento más apacible.

La naturaleza sigue decorando a estos seres inmortales, hasta que un relámpago silencioso y sin nube cae en el suelo entre el grupo de estatuas. Lo que emerge de este no es ni un fuego devorador, sino un ser humano, con el poder de saberlo todo.

El rostro de este ser humano es el de un joven muchacho, su piel del color de la primera luz del amanecer y su cabello brilla como la luz de la luna mientras ilumina las noches más oscuras. Este humano es Darta, que ha estado cinco años bajo las enseñanzas de Raijin, la Encarnación del Rayo y el Trueno. Ahora, con diecinueve años, abre sus ojos esmeraldas al mundo, contemplando el resto de las estatuas inmortales que descansan frente a él.

Darta se mira las manos, por delante y por detrás. El niño curioso mira de cerca su ropa, una falda roja, abierta por delante, drapeada sobre un pantalón de tela del mismo color. Vendas envuelven su abdomen y siete esferas blancas con símbolos inscritos flotan alrededor de su cintura. —Al menos el Maestro Raijin me teletransportó con todas mis cosas esta vez, —murmura el chico de cabello plateado, estirándose.

—Sirve a la Encarnación del Rayo y el Trueno, decían —Darta se estira de nuevo, hasta donde su cuerpo se lo permite. —Sería divertiiiiiido, decían. —De repente se suelta, liberando un suspiro satisfactorio, —Aprenderás muchas cosas geniales. ¡Te volverás poderoso, indestructible, divino! Harás algo beneficioso para toda la villa… Seguro que tienen grandes expectativas para el Maestro Raijin. Si supieran que todo lo que hace es dormir, decirme que organice o busque sus cosas, y me envían a completar tareas inútiles como poner a Raichin en su habitación; No lo alabarían tanto. Pero bueno, no es como que pueda renunciar ahora… ¿Verdad?

El alma del joven aprendiz comienza a sincronizarse con la energía que irradia el bosque. Una sensación de pureza y tranquilidad inunda la mente de Darta, llevándose todo lo demás hasta que estas son las únicas emociones que quedan en su cuerpo mortal. La combinación de aire puro y silencio le permite a Darta escuchar a los árboles gigantes susurrando su divina melodía.

—Al final, no es tan malo. Me alegro de que el Maestro Raijin me haya enviado aquí. Quería visitar el Bosque del Principio desde que leí sobre él en uno de los libros de Thoht.

Darta cierra los ojos, respira hondo y simplemente disfruta del momento. Puede que no signifique nada para los demás, pero para él, es una sensación que solo él puede experimentar en todo su esplendor. Él posee la habilidad de sentir la energía dentro de cada ser vivo. Ahora, en este bosque, es como si estuviera rodeado por innumerables hogueras. Cuanto más grande es la energía, más intensamente la percibe, como suaves llamas que danzan a su alrededor, abrazándolo sin quemarlo. Cuando abre los ojos, la ve fluir como un río de fuego, moviéndose con un ritmo sereno pero imparable. Cada corriente de energía tiene su propia sensación única, aunque en este bosque todo converge en un resplandor cálido y uniforme que conecta a los titánicos árboles a través de su vasta red de ramas y raíces.

Pero entonces se da cuenta de un flujo de energía diferente, sutil, pero más vibrante que la corriente de los árboles. Curioso, Darta abre los ojos y se da cuenta de que la fuente de esta nueva energía es una de las muchas estatuas, la única que la produce, en su caso de un color blanco-azulado, la estatua de piedra de un perro leal. Fascinado por el peculiar suceso, Darta se acerca y coloca su mano suavemente sobre la cabeza del animal.

—Este lugar no es nada como lo describe el libro. Este bosque, se siente místico… Vivo. —Después de lo que parecen horas de apacible relajación, su espíritu se funde con la tranquilidad que lo rodea.

—Debería completar la tarea que el Maestro Raijin me dio. No sé cómo lo hace, pero siempre sabe cuándo hago algo que no quiere. —Murmura, soltando la cabeza de la estatua. —Te prometo que volveré una vez que termine con ese Maestro rojo tomate de…

En un abrir y cerrar de ojos, un solo rayo impacta e interrumpe a Darta, dejándolo aturdido. —Sí… A él tampoco le gustan los apodos. —Dice, sacudiéndose la conmoción.

El subordinado del rayo se adentra en el Bosque del Principio, jugando distraídamente con las esferas blancas que levitan a su alrededor, cada una flotando al ritmo de sus movimientos.

—¿Por qué el Maestro Raijin me envió aquí de nuevo? —Pregunta, mientras busca una respuesta entre las imponentes ramas. —Oh, sí —la voz de Darta se vuelve más profunda y coloca sus dedos en su frente, simulando un par de cuernos, haciendo su mejor imitación de su maestro. —Ve al Bosque del Principio y encuentra una de mis baquetas que cayó en él. —Baja los brazos y mira al cielo, esperando que caiga otro rayo. Tan pronto como apareció su sonrisa, se desvanece en una expresión de leve decepción. —Él debería ser la Encarnación de las Distracciones y la Pereza.

Después de un rato, los pensamientos errantes de Darta lo llevan directamente a su objetivo, la enorme baqueta de su maestro, casi tan alta como los árboles que alcanzan el cielo, clavada en el suelo, difícil de pasar por alto incluso si uno no la busca. El instrumento de la Encarnación está intrincadamente decorado con piezas de oro que forman patrones nublados a lo largo de su longitud, y su mango está envuelto en vendas. Alrededor de la base, donde está clavada, hay varios agujeros esparcidos por el suelo.

Darta mira de arriba abajo la baqueta dorada, luego suspira: —Bueno, eso fue fácil… ¡Tan fácil que podría haberlo hecho él mismo!

Al instante, un relámpago comienza a formarse en el cielo, descendiendo hacia Darta. Pero esta vez, el joven lo esquiva en el último segundo. Con gran alegría, exclama al cielo: —¡Ja! ¡Fallaste! —Manteniendo su sonrisa, Darta vuelve a mirar la baqueta, arriba y abajo. —Sé que el Maestro Raijin puede encoger todas sus cosas, pero. ¿Cómo yo podría mover esto?

El niño se queda mirando la baqueta, mientras camina alrededor de ella, tratando de no pisar ninguno de los otros agujeros. —Aparentemente, esta no es la primera vez que esto sucede…—Trata de contener su lengua, consciente de los métodos de Raijin para evitar que lo maldiga. —Me pregunto… ¿Qué puede estar haciendo ahora mismo un ser de varios milenios de antigüedad, capaz de destruir una isla entera y moverse a la velocidad del rayo, que no puede ir a recoger sus propias cosas?

Darta oye el crepitar de la electricidad en el cielo. —¡Lo cual estoy seguro es algo productivo! Todo mientras me envía a explorar este maravilloso bosque, donde estoy completamente solo…—Su tono se desvanece junto con los relámpagos en el cielo. —Si Jutra y Kior hubieran estado aquí, habría sido una aventura divertida.

El silencio cubre el bosque una vez más, mientras Darta recuerda los días que pasaba jugando con sus hermanos.

Un ruido rompe el silencio, haciéndolo saltar en su lugar y girar, —¡Qué fue eso! —Él sabe, según el libro de la biblioteca de Raijin, que no hay vida en el Bosque del Principio, aparte de las plantas. El corazón de Darta comienza a acelerarse cuando los orbes blancos comienzan a girar más rápido a su alrededor, reflejando su creciente ansiedad.

Las teorías de lo que pudo haber producido el sonido invaden la mente de Darta, cada una más horrible que la anterior.

Mientras los orbes giran erráticamente alrededor de su cuerpo, una pequeña rana alada salta de un arbusto y aterriza silenciosamente mientras los orbes se ralentizan.

Darta observa cómo la pequeña rana salta en su dirección, usando sus alas para ganar más distancia con cada salto.

—Pequeño…—Darta murmura mientras los orbes comienzan a rotar lentamente de regreso a su cintura. —Casi me das un ataque al corazón. —La rana aterriza encima de uno de los orbes blancos.

—Oh, ¿te gustan? —Sonríe. —Si que tienes buen ojo, mi amiguito verde. Estas son las Kaminaras, los artefactos del Maestro Raijin. La Encarnación del Rayo y el Trueno las usa para moldear lo que quiera, pero sobre todo las convierte en tambores para su música.

—Ribbit. —La rana emite suavemente, mirando a Darta con los ojos muy abiertos.

—Oh. ¿Por qué las tengo? —Darta continúa, rascándose la cabeza. —Bueno, después de intentar robarlas más veces de las que me gustaría admitir, aparentemente el Maestro Raijin se cansó de eso y dijo que, si iba a usarlas en el futuro, necesitaba acostumbrarme a ellas. Todavía estoy aprendiendo, pero puedo controlarlas lo suficientemente bien como para darles formas simples.

La rana salta de la Kaminara, planeado con un pequeño aleteo.

—¡Oye, no me dejes aquí solo! Perdón si te estaba aburriendo. —Darta se prepara para perseguir a la rana, pero se detiene y se gira para presenciar la enorme baqueta detrás de él. —A diferencia de mi amigo verde, tu no vas a ir a ninguna parte. Quédate quieto, volveré. —Con una sonrisa de oreja a oreja, el aprendiz del rayo sale corriendo en busca de la rana.

Para sorpresa de Darta, la rana usa sus alas y poderosas patas para superarlo, convirtiendo la persecución en un verdadero desafío. —Esto es mucho más divertido que el entrenamiento del Maestro Raijin, —se ríe con alegría mientras intenta atrapar a la ranita.

Después de varios intentos fallidos, la rana alada salta a un agujero en el suelo.

—¿Crees que esconderte te salvará? —Darta le llama. —Mi habilidad me permite sentir energía a un kilómetro de distancia, especialmente la de los seres vivos. —Se arrodilla y mira dentro del agujero. —Es solo cuestión de tiempo antes de que yo…

Queda paralizado. —Yo… Yo no puedo sentirte…—Retrocede lentamente. —Eso es… imposible. La única forma en que no puedo sentirte es que si nunca…

De repente, un sonido más fuerte resuena detrás de él. Con todos los sentidos en alerta máxima, Darta gira y lanza las Kaminaras a gran velocidad hacia la fuente del sonido. Estas se estrellan contra el árbol justo al lado de un ciervo, cuya cornamenta está entrelazada como una corona. El ciervo permanece quieto, masticando tranquilamente un manojo de hojas, completamente despreocupado por el ataque.

Con los ojos bien abiertos, Darta mira desde el ciervo hasta las Kaminaras alojadas en el árbol, y luego vuelve a mirar al ciervo. El ciervo se encuentra con su mirada, su expresión es una mezcla de aburrimiento y leve decepción, como si se burlara del lanzamiento fallido de Darta, a pesar de que está quieto.

—No te atrevas a mirarme así, —resopla Darta. —Al menos no como ni duermo en todo el día… no todos los días…—Darta retira las Kaminaras, tratando de calmar su respiración. —Ahora que lo pienso… ¿De dónde vienes? El libro de Thoht nunca se equivoca, él es la Encarnación del Conocimiento y la Imaginación, después de todo.

Motivado por la curiosidad, Darta se mueve lentamente al ciervo, manteniendo el contacto visual, ansioso por entender a la criatura. El momento despierta recuerdos de uno de sus libros favoritos, una historia sobre un explorador guiado por el espíritu guardián de un bosque a una aldea oculta de hierro, con la esperanza de que el explorador ayudara a proteger el bosque. La historia siempre le ha fascinado, y ahora, de pie frente a esta criatura majestuosa, Darta no puede evitar preguntarse si hay algo más en este encuentro.

Pero antes de que pueda acercarse más, el ciervo se aleja con una velocidad sorprendente, con el almuerzo sin terminar.

—¡Espera, Rey del Bosque! —Darta grita mientras lo persigue. —No te voy a lastimar, solo quiero saber más sobre ti.

Sintiendo constantemente la energía del ciervo, Darta lo persigue durante varios minutos hasta que el paisaje a su alrededor comienza a cambiar. Los árboles que alguna vez fueron vibrantes, con sus ramas gruesas y saludables, comienzan a adelgazarse. Las hojas, una vez vibrantes de vida, parecen estar quemadas, oscuras y arrugadas. El aire cambia de fresco y sano a algo más pesado, opresivo para la nariz. Darta disminuye la velocidad a medida que el contraste entre las dos áreas se hace evidente. Más adelante, los árboles son oscuros y retorcidos, su corteza es enfermiza y se oscurece hasta volverse negra en las raíces, extendiéndose de manera antinatural sobre el suelo sombrío, como si la vida se hubiera drenado de todo aquí.

La energía del bosque, una vez fluida y radiante, se siente muda aquí. La habilidad de Darta para sentir la energía dentro de los seres vivos se adormece, como si el aire mismo se tragara la presencia de cualquier cosa viva. Se acerca al borde de este lugar retorcido lugar, con sus sentidos retorciéndose.

—Espera, Rey del Bosque —dice Darta, incómodo—No me gusta este lugar. Se siente… mal. —Mientras duda, siente que una energía familiar aparece de repente detrás de él. Se gira para ver una vez más la estatua del perro.

—¿Otra estatua? ¿No la note cuando llegué aquí? —Coloca su mano sobre la cabeza de la estatua, —No, eres tú otra vez. Esta energía es única de ti. Pero ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Estás tratando de decirme algo?

El chasquido brusco de una rama al romperse resuena en la zona muerta. Es el ciervo.

—Rey del Bosque, vuelve. Volvamos al lado bueno del bosque. —Darta da un paso adelante, pero dos ramas oscuras se rompen y caen del deteriorado árbol y justo al frente de él, asustándolos.

El ciervo se adentra más en el paisaje retorcido.

—¡Rey del Bosque, espera! Solo quiero ayudarte. —Darta grita, persiguiéndolo una vez más. Sin mirar atrás, el ciervo lleva a Darta más adentro de la zona muerta, dejando atrás la estatua del perro.

Después de un minuto de persecución, el ciervo se detiene frente a los restos de un árbol colosal, incluso más grande que los ya titánicos de la parte sana del bosque.

—Está bien, mi rey —Darta intenta recuperar el aliento. —Empecemos de nuevo. Soy Darta, futura Encarnación del Rayo y el Trueno, y solo quiero que ambos regresemos al Bosque del Principio. ¿Suena bien?

El ciervo se gira lentamente para mirarlo, cruzando los ojos con el enérgico niño. Darta siente que se está formando una extraña conexión y, con una sonrisa esperanzada, se acerca cautelosamente al animal.

En un abrir y cerrar de ojos, una sombra se abalanza sobre el ciervo, su forma grotesca y antinatural agarra al Rey del Bosque. El corazón de Darta se acelera mientras observa al ciervo gritar, luchando contra las garras de su captor. El brazo izquierdo del ser, retorcido y deforme empuja al ciervo hacia su mandíbula, prolongando su sufrimiento.

Cuando el ciervo no puede ir más profundo, el ser muerde, una espantosa salpicadura de sangre brota de él. Las astas del ciervo se estrellan contra el suelo, mientras que los de la criatura se elevan altas, abominaciones de la naturaleza apuntando al cielo. Nada en la naturaleza debería ser tan monstruoso, sin embargo, los gritos del ciervo no cesan. Imposible saber si estos sonidos son para llamar a un héroe valiente o la dulce muerte.

El olor del hierro y muerte espesa envuelve a Darta mientras el ser intenta tragarse al ciervo entero, creando un sonido de pesadilla de huesos crujiendo y carne desgarrada, que ahoga los gritos.

Una vez que el ciervo es liberado de su miseria, el ser deja escapar un grito que solo se puede describir como cientos de cadenas asotanando los huesos de inocentes. Con él, el olor mismo del infierno, quemando sus pulmones e inocencia, comienza a superponerse al de sangre pura y muerte innecesaria.

Darta, cuyo cerebro todavía está luchando por procesar todo lo que sus ojos presenciaron, permanece congelado en su lugar mientras innumerables emociones invaden su cuerpo. No podía sentir que el ser se acercaba, lo que hace que su mente crea que no es real. Incluso ahora, su habilidad es incapaz de sentir la energía del ser, a pesar de estar frente a él, tatuando su olor, sonidos y figura en el alma misma de Darta.

El hedor de la sangre y la putrefacción golpea a Darta como un toro, seguido por la energía opresiva que el ser ya no se molesta en ocultar. Esta emana del abismo interminable que es su cuerpo, uno que no solo le devuelve la mirada, sino que amenaza con tragárselo entero. Todos los instintos primordiales le gritan que corra. Sin embargo, el corazón le insta a lo contrario, a ayudar al ciervo, que, de alguna manera, todavía hay salvación para él.

La mente de Darta se tambalea, su respiración se acelera a medida que su corazón bombea adrenalina a sus piernas. No sabe qué hacer ni qué pensar.

Abruptamente, el aullido infernal del ser cesa y la energía tiránica se desvanece una vez más. Sin mover su cuerpo, su cabeza se mueve de forma antinatural para encarar a Darta, rompiéndose el cuello con un crujido repugnante como el hielo que se quiebra. El sonido devuelve a Darta a la realidad. Sus ojos se cruzan, el par esmeralda con una ola de miedo como nunca antes había experimentado, mayor incluso que cuando se encontró con Kane, la Encarnación de la Muerte y la Vida, y a Ah Puch, la Encarnación de las Almas y el Deterioro, y los de obsidiana que se aferran a una cabeza colgante, negra como la nada misma.

Lentamente, el ser comienza a moverse, su cuerpo gira para coincidir con la dirección retorcida de su cabeza dislocada. El cuerpo de Darta, a pesar de reconocer la amenaza inminente, se niega a moverse. Observa, paralizado, cómo el ser pisa la cornamenta del ciervo, el sonido repugnante resuena a través del bosque muerto. Seguido por el sonido de su cuello volviendo a su lugar, vértebra por vértebra.

La mente, el cuerpo y el alma de Darta se alinean en una sola acción: escapar. Tan rápido como su cuerpo se lo permite, Darta se da la vuelta y comienza a huir del ser que no duda en perseguirlo.

Los gritos infernales se hacen más fuertes con cada paso, el suelo tiembla bajo la implacable persecución de la criatura. Sin embargo, no emana ninguna energía, nada que sugiera que esté vivo. Darta corre hasta llegar a la parte viva del bosque, pero no deja de correr, con la monstruosidad aun acercándose, sus pasos atronando cada vez más cerca.

La mente de Darta se concentra en cada acción, cada paso medido cuidadosamente para evitar cualquier obstáculo. Sus ojos buscan la ruta de escape mas óptima, centrándose en los senderos estrechos donde los árboles se entrelazan, con la esperanza de evitar lo que sea que lo está alcanzado detrás de él.

La desesperación se apodera de él, sus acciones se vuelven más erráticas a medida que siente que lo que mató al ciervo lo asecha.

En una fracción de segundo, siente una energía distintiva bajo las raíces de un árbol que tiene delante. Sin muchas opciones y con el aliento ácido del ser rozando su cuello, Darta canaliza su fuerza restante, generando pequeñas chispas de relámpagos alrededor de su cuerpo, y se sumerge debajo del árbol a gran velocidad. Se estrella contra el suelo, deteniéndose tras golpea la estatua de piedra de un águila.

Antes de que pueda recuperarse, el árbol sobre él se estremece violentamente por un poderoso impacto, seguido de otro grito infernal, esta vez diferente, lleno de lo que parece ser sufrimiento. El árbol tiembla con la fuerza, pero luego todo se queda en un silencio inquietante.

El sonido habitual del viento bailando las hojas y los suaves susurros de los árboles se han ido. Es como si el bosque estuviera presentando sus respetos al rey caído o temiendo a su nuevo gobernante.

Darta permanece inmóvil, con el corazón latiendo con fuerza, la respiración agitada y el cuerpo paralizado. Ya no puede sentir al ser, la cosa que ahora reclama el título de Rey del Bosque.

Esto no puede estar pasando. El aprendiz del trueno repite en su mente. Esto no puede estar pasando. El libro dice que no hay forma de vida aquí. Pero el ciervo, los árboles, eso… ¿Qué pasó aquí? ¿Thoht cometió un error? No, imposible.

Su mente se desplaza, tratando de aferrarse a algo, cualquier cosa para darle sentido a todo. ¿Sabe el maestro Raijin de todo esto? No. Si Thoht no sabe, mi Maestro ni siquiera lo habría imaginado… Y si lo hiciera… Una chispa de rabia atraviesa su miedo. Si me envió aquí sabiendo esto, personalmente me aseguraré de que obtenga lo que se merece. No me importa si es una Encarnación o mi Maestro, que me envía aquí para morir…

Las respuestas obvias encuentran un camino a través de su rabia. Mi Maestro, por supuesto. Él puede salvarme de esta situación. Una vez que ese… Ni siquiera la palabra monstruo describe esa cosa. Pero eso no importará, una vez que mi Maestro se ocupe de eso, llamaré a Thoht. Exploraremos este bosque, descubriremos sus misterios y…

Los destellos de la escena traumática llenan sus pensamientos. —Darle al Rey del Bosque un entierro adecuado. —Susurra, tan suavemente como su agitado cuerpo se lo permite.

El tiempo pasa, el cuerpo de Darta permanece inmóvil, el único sonido que percibe es el latido constante de su corazón. La única forma en que no puedo sentir algo es si deja de existir. Incluso los muertos dejan tras de sí pequeñas cantidades de energía. ¿Podría estar soñando? No… Nunca he tenido este tipo de sueño. Me siento… inútil, inservible. Si hubiera estado concentrado, podría haber sido capaz de detectar esa cosa antes de que atacara al ciervo. Esto ha sido un sueño. No puedo ser tan lamentable. Sus pensamientos descienden en espiral. Sí, tiene que ser. Eso explicaría por qué no podía moverme. No es un sueño, una pesadilla. La peor pesadilla de mi vida, posiblemente de toda la humanidad.

Los músculos de Darta comienzan a relajarse, su respiración se estabiliza. Si esto fuera un sueño, si miro con atención, no debería tener sangre en mí, ¿verdad?

Con duda, temiendo la verdad, se toca la cara, luego el pecho, luego se mira por las piernas y la espalda. No hay rastros de sangre. Aliviado, Darta permite que su cuerpo se relaje por completo.

—Si fue un sueño… ¿Qué mas no fue real? —Murmura, aunque la tensión aún persiste en su cuerpo mientras duda si abandonar la seguridad de las raíces del árbol o permanecer oculto. Se da la vuelta y ve la estatua del águila majestuosa que lo había detenido antes.

—Debería llamar al Maestro Raijin No puedo completar la misión así. —Le dice a la estatua. —Estoy seguro de que tú harías lo mismo si tu maestro fuera una Encarnación.

Cada paso que da para salir de las raíces aumenta su ritmo cardíaco. A solo un paso de salir, respira hondo, mira hacia adelante y grita mientras sale: —¡Maestro Raijin! ¡Teletranspórtame de vuelta al templo! Completaré la misión otro día, no me siento capaz de terminarla en…

Antes de que pueda terminar de hablar, una sola gota de una sustancia misteriosa cae en su hombro. Cada fibra en su cuerpo está lista para correr, mientras mira dónde cayó la gota. Es de color rojo oscuro y denso; sangre. Desde arriba, una energía abrumadora comienza a presionarlo, una sensación incómoda recorre su cuerpo. Esta energía, incomparable incluso con Ah Puch, lo congela en su lugar.

Lentamente, Darta mira hacia arriba, esperando, rezando a Amera, para que esta energía solo sea por su imaginación. Pero sus peores temores se confirman. Su mente pide a gritos que su cuerpo corra, que se mueva por su vida, pero es incapaz de moverse mientras sus ojos se fijan en el ser que destronó al Rey del Bosque.

Darta no pestañea. Todo su cuerpo está atrapado en la mirada de la criatura.

Sin hacer ruido, el ser muerde su mano destruida y mutada, arrancándola de su brazo y escupiéndola hasta el suelo. La mano cercenada, que es más grande que Darta, aterriza con un violento golpe. El impacto libera al joven de su trance y, una vez más, comienza a correr.

Darta siente cómo el ser, en lo alto de los árboles, se acerca a él. Incluso mientras la energía del ser desaparece, Darta no deja de correr, sin nada en su mente, solo el puro instinto de querer vivir.

Pierde la noción del tiempo y dirección hasta que sale del Bosque del Principio, llegando al borde de un enorme acantilado. Abajo, un río serpentea a través del desfiladero, e incluso los árboles más altos del bosque no puede llegar a la cima desde el suelo del cañón.

Tomando una profunda bocanada de aire fresco, Darta intenta ordenar sus pensamientos, pero estos lo llevan directo a sus dudas. ¿Se supone que yo soy una futura Encarnación? Ni siquiera puedo pensar en esa… En silencia, Darta contempla el cielo, sus ojos miran a un pasado lejano. —¿Por qué Raijin me eligió a mí? ¿A mí? Un chico común y corriente entre grandes guerreros. Kior, que puede detener el tiempo. Jutra, que, como su padre, es intocable. Incluso mi padre habría sido una mejor opción por su experiencia. Pero no, la gran Encarnación del Rayo y el Trueno, me elige a mí. Un chico que puede… sentir las cosas.

A lo lejos, el grito infernal comienza a resonar una vez más, perforando el viento.

—Todos ellos podrían haber salvado al Rey del Bosque, pero yo hui. ¿En qué clase de Encarnación me convertiré si sigo huyendo de mis problemas? Una patética. —El suelo comenzó a temblar, cada sacudida más intensa que la anterior. —Y, sin embargo, apuesto a que mi gente seguirá creyendo en mí, al igual que creen en el Maestro Raijin.

Darta siente que una oleada de energía maliciosa entra en el alcance de su habilidad. Su mano se mueve instintivamente hacia una de las Kaminaras que flotan alrededor de su cintura y en un parpadeo, sus ojos se fijan Enel fondo del acantilado. —Hablando de dudas, no creo que esa cosa pueda volar. —Una sonrisa se dibuja en su rostro, con el corazón al fin sereno.

El aprendiz del trueno se vuelve hacia el bosque y adopta una postura de lucha. Con su cuerpo alineado hacia el lado, un brazo por encima de su cabeza y el otro extendido hacia adelante, apunta hacia los árboles mientras las Kaminaras giran más rápido alrededor de su cuerpo.

Se prepara para el ataque de su cazador, pero los temblores, los gritos y hasta la energía del ser se desvanecen como si nunca hubieran existido en esta realidad. Darta no cae en el mismo truco dos veces. Sabe que la cosa se está acercando, listo para atacar, al igual que él está listo para defender.

Con cada segundo que pasa, los latidos del corazón de Darta se aceleran, no de miedo, sino de ira. Su concentración se agudiza mientras las Kaminaras giran al ritmo de su pulso.

Un segundo ante del ataque, justo cuando el brazo sin mano del ser emerge de la cobertura del bosque, vuelven el grito de cientos de cadenas y los temblores. El ser arremete contra él, con el objetivo de replicar con su nueva presa lo que le hizo al ciervo.

Darta se mantiene firme, esperando que el ser se acerque. En un movimiento rápido, baja su brazo, moldeando las Kaminaras en una gran barrera que impide que el ser lo alcance. La barrera atrapa los hombros y las caderas del ser moldeándose alrededor de ellos. El impacto y la lucha constante empujan tanto a Darta como a la barrera cerca del borde del acantilado. Su cuerpo tiembla, los músculos arden como el fuego, pero aprieta los dientes y levanta los brazos, con las Kaminaras siguiendo sus movimientos. El ser intenta morder y golpear para salir, pero Darta se mantiene firme, con cada centímetro de su cuerpo se tensándose.

—¡Cae al abismo del que viniste! —Darta grita mientras levanta la barrera sobre el acantilado, moldeándola de nuevo en orbes y dejando que el ser caiga.

Darta casi cae con este, pero logra girar en el aire, usando las Kaminaras para estabilizarse mientras aterriza de espaldas en el suelo. Abraza su corazón sobre su piel, mientras los gritos y la energía del ser se desvanecen en la distancia.

—Eso se sintió… satisfactorio. —Dice entre suspiros. —Tómate tu tiempo, corazón. Haremos un funeral para el verdadero Rey del Bosque una vez que…

Sus palabras se entumecen, su boca tiembla cuando el sonido de las rocas que caen y una respiración pesada y grave llegan a sus oídos. Darta obliga a ponerse en pie, preparándose para el próximo ataque.

El ser escala con garras y mordiscos por el acantilado, volviendo a la sima y sin perder un segundo volviendo a abalanzarse sobre Darta.

El joven intenta formar otra barrera, pero el ser se anticipa, saltando alto en el aire y posicionándose entre Darta y el sol.

Incapaz de ver, ni de sentir la energía del ser, Darta levanta rápidamente la barrera por encima de su cabeza, con la esperanza de que aguante una vez más.

Con una fuerza mayor a la de un rayo y una furia tan salvaje como un tsunami, el ser se estrella contra la barrera seguido del suelo, quebrantando ambos de un solo golpe. Darta queda atrapado en la incredulidad el tiempo suficiente para que la criatura lo ataque con sus garras. Sus reflejos lo salvan de ser partido en dos, pero un corte vertical agudo cubre su abdomen y el dolor se dispara a través de su cuerpo.

Darta salta hacia atrás, tratando de moldear las Kaminaras una vez más. El ataque le ha arrancado las vendas de la cintura. A medida que caen, se revela un pequeño tatuaje en la parte baja de la espalda; una serie de formas geométricas que forman lo que parece una persona con alas levantando un brazo.

El ser aprovecha su ventaja, desatando una ráfaga implacable de cortes y golpes. Darta lucha por mantener el ritmo, moldeando las Kaminaras lo más rápido que puede para bloquear cada ataque mientras mantiene desesperadamente su distancia, circulando por el acantilado. La fuerza del ser lo lleva al límite, pero la pierna de la criatura se engancha en una grieta en el suelo, causada por su propio aterrizaje.

Al ver su oportunidad, Darta duda solo por un momento, pensando rápidamente. Analiza su entorno, recordando las lecciones de Jutra de sus días corriendo entre el laberinto de árboles. La voz de Jutra resuena en la mente de Darta, mientras nota más grietas que se extienden hasta el borde del acantilado. Una sonrisa se forma en sus labios mientras prepara un plan para librar al mundo de esta criatura de una vez por todas.

Aprovechando que al ser le faltan una mano, Darta corre alrededor de él, sabiendo que no puede agarrarlo o lastimarlo tan fácilmente.

El brazo del ser se balancea detrás de él en un intento desesperado por agarrarlo. Darta no se molesta en esquivar a ninguno de ellos, ya que está lejos de su alcance.

Pero su confianza se desvanece tan rápido como la grotesca nueva mano de la criatura crece del muñón, agarrándolo antes de que pueda reaccionar.

El ser, que prefiere atrapar a su presa que liberarse, la eleva a la altura de los ojos.

Darta lucha con todas sus fuerzas para liberarse, pero cuanta más lucha, más fuerte se vuelve el agarre de la criatura, exprimiendo el aire de sus pulmones.

Mientras las garras del ser comienzan a crecer en su nueva mano, Darta mira a los ojos al ser, tratando en vano de reprimir su miedo.

La criatura abre la boca, liberando ese hedor familiar, el mismo olor infernal que sumerge a Darta en un pozo de miedo más profundo que el abismo mismo. El olor lo ahoga por el poco aire que puede agarrar. Aferrándose a las fuerzas que le quedan, Darta respira profundamente el aliento infernal del ser y grita con todas sus últimas fuerzas: —Vaca Roja Vieja Tomate Encarnación de Mier…

Viniendo del cielo despejado, un relámpago furioso golpea tanto al cazador como a la presa durante varios segundos antes de detenerse. El ser se retuerce, pero Darta, ya acostumbrada a los castigos de Raijin, mira hacia arriba, sin molestarse.

—¿¡Eso es todo lo que tienes, estúpida vaca!? Mis pedos son más poderosos que…

Un segundo rayo se estrella, con mayor intensidad y durando más que el anterior. La electricidad obliga a los músculos del ser a sufrir espasmos violentos, forzándolo a liberar a Darta, que se recupera más rápido.

—Por una vez, estoy agradecido por los castigos del Maestro Raijin. —Dice mientras le tiembla la boca, llegando al borde del acantilado.

El sonido de la piedra crujiendo llama su atención, y se gira para ver al ser tratando de liberarse del suelo.

Al no ver a Darta como una criatura desesperanzada, el ser se corta la pierna y empieza a cojear hacia su digna presa.

Al ver una clara debilidad, Darta comienza a lanzar las Kaminaras al ser, obstaculizando su avance mientras se burla de él. —Y pensar —dice, regresando las Kaminaras para arrojarlas de nuevo, —que te temía. Solo eres tan raro; que eres difícil de mirar. Apuesto a que tu madre te confundió con una piedra y te pateó, por eso eres tan…—Combina cuatro Kaminaras en un gran orbe, los símbolos en ellos forman la palabra trueno, y envía el enorme orbe volando hacia la cara del ser. —¡Feo!

El impacto hace que uno de los dientes del ser se desprenda, enviándolo por los aires. Enfurecido, el ser se adapta.

Incapaz de avanzar a pie, el ser utiliza sus poderosos brazos y la pierna que le queda para lanzarse por los aires, posicionándose una vez más entre el sol y los ojos de Darta.

Darta sonríe mientras observa cómo la sombra del ser en el suelo se hace más grande. Cuando es dos veces más grande de lo que era cuando la criatura saltó, Darta envía cuatro Kaminaras a la base del acantilado y salta detrás de la sombra, evitando a duras penas el ataque.

Antes de que el ser pueda girar y continuar su caza, el impacto combinado de las Kaminaras de abajo y el aterrizaje del ser de arriba hace que el acantilado tiemble y colapse, atrapando tanto al ser como a Darta en caída libre.

El ente lucha desesperadamente, arañando cualquier cosa que pueda agarrar, su grito característico rasgando el aire. Darta, por el contrario, está tranquilo, midiendo el paso del tiempo con los latidos de su corazón. Llama de vuelta las Kaminaras, enviándolas a estrellarse contra cada roca y raíz que la criatura intenta agarrar mientras regresan a él.

A medida que ambos caen, los roles cambian, él una vez poderoso cazador se convierte en la presa. Por un momento fugaz, algo cambia en los ojos salvajes del ser, un recuerdo lejano se agita en el caos, inmortalizando todo sobre Darta en su mente una vez más.

Con las Kaminaras de su lado, Darta le lanza cinco al ser, apuntando a sus extremidades. Mantiene dos Kaminaras con él, aferrándose a ellas para ralentizar su propio descenso.

Una vez que el ser finalmente desaparece de la vista y el sonido de su cuerpo destruyendo el lejano suelo llega a sus oídos, Darta exhala un largo suspiro. —Gracias a todos. —Dice antes de que la parte superior de su cuerpo comience a temblar. —Soy… más pesado de lo que pensaba. —Sin regresar las Kaminaras que habían empujado al ser, Darta usa lo último de su fuerza para volar cerca del borde del acantilado destrozado. Agarrándose a cualquier raíz o roca que se asome, comienza a trepar. Una vez de vuelta en tierra firme, Darta se desploma, acostado boca arriba, con los ojos cerrados por el agotamiento.

—Esto es seguramente… Un día que nunca olvidaré. —Darta murmura para sí mismo mientras egresa las Kaminaras a su lado. —Pero eso no traerá de vuelta al verdadero Rey del Bosque. —Su voz baja mientras su mente regresa a la pérdida.

Las Kaminaras llegan y se colocan alrededor de la cintura de su Darta mientras exhala y sus músculos finalmente se relajan. —Déjame recuperar el aliento, entonces, antes de que se me olvide, haré un funeral al Rey del Bosque. Es lo menos que puedo hacer.

Rey del Bosque